Una mujer lee poemas de bécquer
Vive desconocida en el silencio de su propio retrato.
Amo a esa mujer triste
que cada tarde lee poemas de Bécquer,
cierra los ojos y arde de impaciencia.
Convertido en sombra desde el otro lado del pensamiento
me entrego a la complicidad de su mirada,
a sus labios que sobreviven a la orfandad del deseo.
El tiempo se ha encargado,
de desarmar algún posible romance
asfixiar en su cuerpo la exacta respuesta
para cada pregunta del deseo.
Aunque a veces su rostro exterioriza una sonrisa,
la timidez con su alevosa indecisión
congela el más mínimo de sus rubores.
Vive desconocida en el silencio de su propio retrato.
Amo a esa mujer triste
que cada tarde lee poemas de Bécquer,
cierra los ojos y arde de impaciencia.
Convertido en sombra desde el otro lado del pensamiento
me entrego a la complicidad de su mirada,
a sus labios que sobreviven a la orfandad del deseo.
El tiempo se ha encargado,
de desarmar algún posible romance
asfixiar en su cuerpo la exacta respuesta
para cada pregunta del deseo.
Aunque a veces su rostro exterioriza una sonrisa,
la timidez con su alevosa indecisión
congela el más mínimo de sus rubores.

