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Canción para la abuela maria- soles taciturnos - Poemas de Lobaiza De Rivera, Lidia Esther


 
 
Canción para la abuela maria- soles taciturnos
Poema publicado el 18 de Junio de 2009

Canción para la abuela Maria

Busco rostros en las diluidas pisadas de la lluvia.
Por caminos fragantes  regreso a las tapias, que perviven
más allá de ausencias y silencios.  Y aún,
en  la mirada fundida tras las huellas de ciclos y lloviznas,
el agreste sahumerio de los campos,
despierta evocaciones con delicias de infancia .
Tréboles y amapolas, frutillas y naranjas,
madreselvas aferradas a los muros,
como un alma aprehendida a los recuerdos;
el horno de boca desdentada,
la  hogaza  olorizada a fronda y madrugada de domingo
con fiesta por la misa.

Me basta desgranar un rosario de ocasos
y trepar hasta las faldas de una niñez de duendes,
asirme de la mano de una abuela de mirada celeste con acento extranjero ,
recordar su delantal a cuadros , ese vestido  largo,
las puntillas guardadas en el baúl pesado de memoria y trabajo,
y después  la noche, con sus estrellas niñas  prendidas en los patios.
Y corretear la arena entre el oro caliente de la siesta,
una sombra pequeña en la silla de paja,
la abuela que se duerme  volando hacia otros lares,
las campanas sonando con  lamentos de pájaros.

Mi corazón se posa en las rosas oscuras de las horas,
emigran golondrinas con vuelos enlutados;
la abuela ya no canta sus alegres canciones italianas,
el alambre del patio no sostiene un cielo de miradas  y enaguas .

La casa no es la misma;
se ha vaciado de chiquillos y de juegos. 
Abuela está tendida entre los lirios,
el arcón  es ceniza ,
el pan no leva remembranzas de trigo,
la siesta es un horario de fuga y sugerencia.

Despierto de mi ensueño
- mariposa gastada-
al gorrión de mi infancia
le han tronchado las alas.  Lidia Esther Lobaiza de Rivera

















Soles taciturnos

Yo, que construí caminos de asombros
para que mis pies no hollaran pedregales;
que bauticé en el surco la gracia de la risa,
y levanté las manos hacia la ardiente levedad de la ternura;
que encasillé el dolor en las guaridas de viejas estaciones,
y jamás desconfié de la sagrada irrigación de la luz,
en la partida innominada de los deseos; que me enrosqué hiedra
sobre el tronco donde habitaba la música, entre los hombros del día.

Yo, que me hice nido
en el nombre de todas las siembras, y levanté cenizas rojas
sobre el polen desbrozado de la vida;
que canté y reí hasta reverdecer el silencio,
que supo abrir las puertas ,a todas las apasionadas mariposas;
la que siempre vivió, y quiso vivir cada minuto,
hendiendo con mordiscos de espumas, la estrecha cintura del paraíso.

Hoy, apenas respiro;
porque el terror de mis branquias gemebundas
avizora el final de todas las historias,
y la agonía es una rosa que vestida de fiesta, baila sobre mis huesos,
porque mis pasos hilados tejen mantos gramíneos,
para aplacar la sed de las quimeras;
y una flagelación de soles taciturnos me enrojece los ojos
en la vergonzosa imploración de la carne.

Nada es verde, nada es agua
en la horrenda diáspora , del cuerpo y el alma.
Vacía y desgarbada, vendrá,
a llevarse la sangre marrón
que crece en las magnolias viejas;
y una fiebre de escorpiones, acallará, por fin,
el grito lacerante de las entrañas
en la madura noche de la única ausencia.

Y sobre el musgo gris de alguna piedra,
tan sólo quedará, este sordo clamor,
despedazado.

Lidia Esther Lobaiza de Rivera  -

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