Transcurre la saliva ajena del tiempo
Transcurre la saliva ajena del tiempo, sólo transcurre,
sin adjetivos ni signos de admiración. Soy testigo
de su espuma estancada en un café negro,
a las seis de la tarde en punto, hora salvadoreña; soy testigo,
repito, del tedio hermoso de no tener empleo
cuando el estómago marca su alarma, madre se vuelve
lenta y las ropas, como hojas de un árbol seco,
palidecen frente al espejo de la calle donde no me reconozco.
No diré nada importante, en un país
donde nada es importante y único, ni siquiera el delicioso
cuento del abuelo y la nieta que no pudo ser. Aquí sobra
la melancolía, los corazones desteñidos, el desencanto del jilguero,
el silencio insoportable y esta desmesurada forma de decir estoy vivo.
Diré la mesa no alumbra y el sol no está puesto,
el cadáver sardónico camina infiernos
y se siente como en casa. Me siento como en casa,
pero los rostros de mi casa son ajenos, conflictivos y siniestros.
Soy testigo de este ardor imperdonable que cubre el tiempo y,
sin embargo, esta ciudad fantasma es un poema donde nada pasa,
donde nada transcurre, cuando son las siete y negro y el café noche.
Transcurre la saliva ajena del tiempo, sólo transcurre,
sin adjetivos ni signos de admiración. Soy testigo
de su espuma estancada en un café negro,
a las seis de la tarde en punto, hora salvadoreña; soy testigo,
repito, del tedio hermoso de no tener empleo
cuando el estómago marca su alarma, madre se vuelve
lenta y las ropas, como hojas de un árbol seco,
palidecen frente al espejo de la calle donde no me reconozco.
No diré nada importante, en un país
donde nada es importante y único, ni siquiera el delicioso
cuento del abuelo y la nieta que no pudo ser. Aquí sobra
la melancolía, los corazones desteñidos, el desencanto del jilguero,
el silencio insoportable y esta desmesurada forma de decir estoy vivo.
Diré la mesa no alumbra y el sol no está puesto,
el cadáver sardónico camina infiernos
y se siente como en casa. Me siento como en casa,
pero los rostros de mi casa son ajenos, conflictivos y siniestros.
Soy testigo de este ardor imperdonable que cubre el tiempo y,
sin embargo, esta ciudad fantasma es un poema donde nada pasa,
donde nada transcurre, cuando son las siete y negro y el café noche.
