Clara g. y vanesa b.
Nada sabe mi cuerpo de tu cuerpo y sin embargo despiertan aún al unísono como sendos corsarios.
Se lo disputan todo, la sed, el dolor que se suda igual que si nos atravesaran los sauces los muslos,
y la intriga también de haberse demorado las tres sin tocarse siquiera,
como practican los muchachos al amanecer en los cines.
Nada sé de ti.
Nada a no ser esta lluvia inclemente que borra de tus pechos las mentiras escritas por un niño muy dulce,
a veces sin ganas, y a veces expirando lentamente contigo.
Nada sé tampoco del monstruo que te aterra y se ha dormido por fin en tus brazos.
Nada sabe mi cuerpo de tu cuerpo y sin embargo despiertan aún al unísono como sendos corsarios.
Se lo disputan todo, la sed, el dolor que se suda igual que si nos atravesaran los sauces los muslos,
y la intriga también de haberse demorado las tres sin tocarse siquiera,
como practican los muchachos al amanecer en los cines.
Nada sé de ti.
Nada a no ser esta lluvia inclemente que borra de tus pechos las mentiras escritas por un niño muy dulce,
a veces sin ganas, y a veces expirando lentamente contigo.
Nada sé tampoco del monstruo que te aterra y se ha dormido por fin en tus brazos.

