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Veintiséis - Poemas de Lobaiza De Rivera, Lidia Esther


 
 
Veintiséis
Poema publicado el 17 de Enero de 2004

Ahora,
cuando la noche murmura en mis oídos su destino de sombras,
y los últimos grillos afinan sus violines,
escondidos entre las grietas malogradas de  las tapias,
la mirada se aquieta en el umbral del plazo,
buscando, desesperadamente, las amadas imágenes perdidas:
las mismas violetas de otras épocas ,
que aún destilan su incienso de monasterios conjurados,
guitarras agoreras, rompiendo el enorme reposo,
con la música de sus cuerdas temblorosas de lágrimas…
lluvias mañaneras desnudas como las hadas del estanque,
aquellas del viejo cuento que  desgranaba la voz de mi madre
en las noches de invierno…
cuando era nuestra la llama
titilando ternura bajo las excitadas mejillas de la luna.

Era la época de la belleza pura, cuando el río se encendía
en los retoños de ceibos orilleros, y el asombro teñia las pupilas,
contemplando
las blancas escuadras de garzas vocingleras,
mientras la risa retumbaba en los terrones enrulados
de las mismas barrancas,
-sonajeros de gotas-
marcando lejanías
en la piel inaugurada del estío.
Así, como era entonces,
por esa misma fecha,
las islas renovarán su verde en cada primavera,
el cielo continuará  azul y luminoso,
vibrando al son de las campanas,
toda la  luz teñida de amapolas, anudando junquillos,
junto  al clerical violeta de borrajas silvestres…

Ah!, cuando pienso cómo será mi pueblo en ese instante,
sin una lágrima que se acurruque en mi,
como un plumón  soleado de un ave sin destino…
tal vez fantasma, polvo, verde gramilla, lombriz o caracol…
o la nada…la nada…la nada,
sin una inquieta pincelada del  enjoyado astro,
ni el sordo golpeteo del agua sobre la piedra que ya olvidó la historia…


que nos estaré más,
que no habré de revivir en las palabras
en el inútil intento de pervivir, de ser memoria.

Sobre el encaje pétreo de la noche bruna
brillarán , como nunca, las estrellas,
pero seguirán mis preguntas sin respuestas,
los siglos nada dirán de mi,
y sabré que toda vanidad fue como espuma, como un soplo de viento,
que la inmortalidad no existe,
ni siquiera bebiendo las últimas gotas de ese postrer poema.

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