Qué permanente en su tenaz empeño...
¡Qué permanente en su tenaz empeño,
arriesgándose en juegos de vacío!
¡Qué empecinada en esta lucha sorda
con fantásticas voces transterradas!
Se oyen murmullos y susurros -gritos,
alguna vez-, y las maderas viejas
se duelen del olvido, y en la oscura
escalera tropiezan los fantasmas...
Pero sigue, tenaz, en pie. Las altas vigas
arropadas por sedas de arañas laboriosas,
por las marchitas cintas de las trenzas,
por visillos rasgados, por sudarios...
Y, apenas se abre el día, entre rendijas,
un cuchillo se agita como llama
que desvela el olvido, descubriendo
en un rincón, rencores desvaídos...
Pero no se alzará la ira. ¿Para qué?
Ya nadie tiene oídos para el llanto.
¡Qué permanente en su tenaz empeño,
arriesgándose en juegos de vacío!
¡Qué empecinada en esta lucha sorda
con fantásticas voces transterradas!
Se oyen murmullos y susurros -gritos,
alguna vez-, y las maderas viejas
se duelen del olvido, y en la oscura
escalera tropiezan los fantasmas...
Pero sigue, tenaz, en pie. Las altas vigas
arropadas por sedas de arañas laboriosas,
por las marchitas cintas de las trenzas,
por visillos rasgados, por sudarios...
Y, apenas se abre el día, entre rendijas,
un cuchillo se agita como llama
que desvela el olvido, descubriendo
en un rincón, rencores desvaídos...
Pero no se alzará la ira. ¿Para qué?
Ya nadie tiene oídos para el llanto.

