Tren - Poemas de Dario Moral
Tren
Poema publicado el 29 de Septiembre de 2026
Sobre durmientes,
resquebrajado por el tiempo,
avanza un tren.
No corre, no huye.
Permanece, persiste
como las viejas y oxidadas vías férreas,
cual heridas resignificadas.
Aprendí tarde —casi siempre aprendo tarde—
que la dirección importa más que la velocidad.
El destino no distingue a los veloces,
sino a quienes dejaron de perseguir la llegada,
los que escucharon el llamado del camino
y bebieron despacio cada instante del viaje.
Durante años me creí conductor de la locomotora.
Luego entendí —con esa modestia que otorga el dolor—
que apenas soy pasajero,
un viajero sentado junto a la ventana de mi propia existencia,
mirando pasar todo aquello que no pude retener.
El ferrocarril guarda todo.
Los llantos que inundan espacios y
aquellas lágrimas mudas,
las risas que sobrevivieron al tiempo,
los nombres que aún en mi silencio pronuncio,
las despedidas que nunca terminaron de irse.
Cada vagón es un tiempo.
En uno viaja el niño que fui,
con los ojos abiertos como solares
y el futuro brillando entre las manos.
En otro, el hombre que aprendió despacio
que amar también es perderse estaciones.
El convoy se detiene sin preguntar.
Algunos bajan —sin anuncio, sin abrazo—.
Otros suben con equipaje invisible:
promesas, heridas, esperanza.
Nadie sabe el destino
cuando en la taquilla se otorgan los boletos.
Ni siquiera yo.
En el vagón del bar
descubrí que la vida sucede entre desconocidos:
miradas que duran una estación,
confesiones dichas al ritmo del hierro,
amores breves que dejaron luz suficiente
para atravesar una noche
y besos que se quedan tatuados en la piel.
Los rieles cruzan ciudades,
atraviesan mi pecho.
He pasado fronteras interiores
sin moverme del asiento
y he trasbordado dejándolo todo
por un nuevo viaje.
Pienso en ti, padre,
como el más bello pasajero que descendió antes,
sin despedida
—porque así es la muerte, sin cortesía, sin palabras justas—,
pero dejando encendida la lámpara,
para que no temiera en momentos de oscuridad.
Nadie pierde realmente a quien amó;
solo cambia de vagón en este largo movimiento del tiempo.
Algún día aparecerá la vía muerta.
No habrá anuncio ni prisa.
No habrá andenes que recorrer,
solo el inevitable gesto de ponerse en pie
y descender con lo único propio:
lo vivido.
Antes de esa estación, reclamo mi asiento,
reclamo ventana y la luz que entra:
el nombre que me dieron y el que yo me gané,
las cicatrices que prueban que estuve aquí,
que amé sin garantías y perdí sin rendirme.
Este tren es mío.
No el que conduzco —el que me lleva—
el que trae dentro lo que soy y seré.
Poema publicado el 29 de Septiembre de 2026
Sobre durmientes,
resquebrajado por el tiempo,
avanza un tren.
No corre, no huye.
Permanece, persiste
como las viejas y oxidadas vías férreas,
cual heridas resignificadas.
Aprendí tarde —casi siempre aprendo tarde—
que la dirección importa más que la velocidad.
El destino no distingue a los veloces,
sino a quienes dejaron de perseguir la llegada,
los que escucharon el llamado del camino
y bebieron despacio cada instante del viaje.
Durante años me creí conductor de la locomotora.
Luego entendí —con esa modestia que otorga el dolor—
que apenas soy pasajero,
un viajero sentado junto a la ventana de mi propia existencia,
mirando pasar todo aquello que no pude retener.
El ferrocarril guarda todo.
Los llantos que inundan espacios y
aquellas lágrimas mudas,
las risas que sobrevivieron al tiempo,
los nombres que aún en mi silencio pronuncio,
las despedidas que nunca terminaron de irse.
Cada vagón es un tiempo.
En uno viaja el niño que fui,
con los ojos abiertos como solares
y el futuro brillando entre las manos.
En otro, el hombre que aprendió despacio
que amar también es perderse estaciones.
El convoy se detiene sin preguntar.
Algunos bajan —sin anuncio, sin abrazo—.
Otros suben con equipaje invisible:
promesas, heridas, esperanza.
Nadie sabe el destino
cuando en la taquilla se otorgan los boletos.
Ni siquiera yo.
En el vagón del bar
descubrí que la vida sucede entre desconocidos:
miradas que duran una estación,
confesiones dichas al ritmo del hierro,
amores breves que dejaron luz suficiente
para atravesar una noche
y besos que se quedan tatuados en la piel.
Los rieles cruzan ciudades,
atraviesan mi pecho.
He pasado fronteras interiores
sin moverme del asiento
y he trasbordado dejándolo todo
por un nuevo viaje.
Pienso en ti, padre,
como el más bello pasajero que descendió antes,
sin despedida
—porque así es la muerte, sin cortesía, sin palabras justas—,
pero dejando encendida la lámpara,
para que no temiera en momentos de oscuridad.
Nadie pierde realmente a quien amó;
solo cambia de vagón en este largo movimiento del tiempo.
Algún día aparecerá la vía muerta.
No habrá anuncio ni prisa.
No habrá andenes que recorrer,
solo el inevitable gesto de ponerse en pie
y descender con lo único propio:
lo vivido.
Antes de esa estación, reclamo mi asiento,
reclamo ventana y la luz que entra:
el nombre que me dieron y el que yo me gané,
las cicatrices que prueban que estuve aquí,
que amé sin garantías y perdí sin rendirme.
Este tren es mío.
No el que conduzco —el que me lleva—
el que trae dentro lo que soy y seré.
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