Sesión de divan - Poemas de Dario Moral
Sesión de divan
Poema publicado el 29 de Septiembre de 2026
Cada martes por la tarde,
durante cuarenta y cinco minutos
presento mi monólogo interior:
«desnudo emocional»,
stand up clandestino,
comedia sin sentido
donde mis acciones se maquillan torpes
y mis omisiones se esconden tras telón.
Una confesión disfrazada
de mi propia narrativa del mundo.
El diván me recibe como territorio explorado,
y, al recostarme, caigo bajo la firme mirada
de un único espectador que revisa mis «faltas».
Como si él hojease un manual de diagnóstico,
subraya mis pensamientos,
anota síntomas al margen de mi historia,
dicta críticas, recordatorios,
y emite informes de los mecanismos que fabrico,
mis estrategias de supervivencia
que rara vez me alcanzan para concederme paz,
para acercarme o alejarme de lo que aún no sé
Un reporte clínico inconcluso.
Me vuelvo expediente abierto,
gaveta sin cerrojo, una casa abierta.
si necesito.
Mientras, él cruza teorías, autores y corrientes,
intentando descifrar el árbol genealógico de mi dolor.
Sus prescripciones llegan con tono imperativo:
esperando ser cumplidas, sin protesta alguna.
—Respira, deja el tabaco, ejercítate, aliméntate,
suéltalo todo: estrés, relaciones huecas, fugas afectivas—.
—Retorna a quienes te aman
y recuerda —siempre recuerda—:
aprende a habitarte en soledad,
como tu más añorado espacio,
no como un tortuoso calabozo;
no idealizar, no depender,
no tener que dar para merecer,
no sacrificar.
Sin anestesia,
he intentado arrancar ilusiones infundadas,
extirpar de raíz las incrustadas fantasías,
hasta asumir que lo único presente,
aunque a veces tiemble,
se tambalee y se agriete:
soy yo.
Algunos años me ha tomado empezar
a aprender a quererme,
quizás algo se habrá movido internamente:
a veces duelen menos las cosas que raspan,
he enterrado añejos rencores
y comenzado a dejar ir las ideas
de resucitar antiguas e idealizadas historias,
que un día me hicieron feliz,
pero hoy ya no me sostienen.
Empiezo a aprender a cuidarme
y a cuidar a los otros sin desangrarme,
sin intercambios tácitos,
sin altarizar amores,
sin máscaras para sobrevivir.
Voy fortificando mi alma,
reconstruyendo cuerpo,
deconstruyendo mente.
Sesión tras sesión,
como un lírico aprendiz de la escucha,
sin miedo a reconocerse en su propia voz.
Poema publicado el 29 de Septiembre de 2026
Cada martes por la tarde,
durante cuarenta y cinco minutos
presento mi monólogo interior:
«desnudo emocional»,
stand up clandestino,
comedia sin sentido
donde mis acciones se maquillan torpes
y mis omisiones se esconden tras telón.
Una confesión disfrazada
de mi propia narrativa del mundo.
El diván me recibe como territorio explorado,
y, al recostarme, caigo bajo la firme mirada
de un único espectador que revisa mis «faltas».
Como si él hojease un manual de diagnóstico,
subraya mis pensamientos,
anota síntomas al margen de mi historia,
dicta críticas, recordatorios,
y emite informes de los mecanismos que fabrico,
mis estrategias de supervivencia
que rara vez me alcanzan para concederme paz,
para acercarme o alejarme de lo que aún no sé
Un reporte clínico inconcluso.
Me vuelvo expediente abierto,
gaveta sin cerrojo, una casa abierta.
si necesito.
Mientras, él cruza teorías, autores y corrientes,
intentando descifrar el árbol genealógico de mi dolor.
Sus prescripciones llegan con tono imperativo:
esperando ser cumplidas, sin protesta alguna.
—Respira, deja el tabaco, ejercítate, aliméntate,
suéltalo todo: estrés, relaciones huecas, fugas afectivas—.
—Retorna a quienes te aman
y recuerda —siempre recuerda—:
aprende a habitarte en soledad,
como tu más añorado espacio,
no como un tortuoso calabozo;
no idealizar, no depender,
no tener que dar para merecer,
no sacrificar.
Sin anestesia,
he intentado arrancar ilusiones infundadas,
extirpar de raíz las incrustadas fantasías,
hasta asumir que lo único presente,
aunque a veces tiemble,
se tambalee y se agriete:
soy yo.
Algunos años me ha tomado empezar
a aprender a quererme,
quizás algo se habrá movido internamente:
a veces duelen menos las cosas que raspan,
he enterrado añejos rencores
y comenzado a dejar ir las ideas
de resucitar antiguas e idealizadas historias,
que un día me hicieron feliz,
pero hoy ya no me sostienen.
Empiezo a aprender a cuidarme
y a cuidar a los otros sin desangrarme,
sin intercambios tácitos,
sin altarizar amores,
sin máscaras para sobrevivir.
Voy fortificando mi alma,
reconstruyendo cuerpo,
deconstruyendo mente.
Sesión tras sesión,
como un lírico aprendiz de la escucha,
sin miedo a reconocerse en su propia voz.
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