Destacó en la poesía, apartándose en buena medida de las concepciones de sus contemporáneos, los miembros de la generación de 1918 (véase Literatura venezolana), casi todos ellos poetas intimistas. Blanco, en cambio, supo transitar desde el modernismo (un poema suyo es un homenaje a Rubén Darío) hacia las formas de la poesía popular: coplas, corridos, décimas, romances. Recurrió asimismo al humor, lo que también explica la gran popularidad que obtuvieron sus versos. Seguramente esa popularidad sólo puede compararse a la que tuvo Abigaíl Lozano (1821-1866) durante el siglo XIX, Andrés Mata (1870-1931) a principios del XX, Aquiles Nazoa (1920-1976) a partir de la década de 1950 o Víctor Valera Mora (1935-1984) en los últimos tiempos.
Su obra poética incluye poemarios como Tierras que me oyeron (1921); Poda (1921-1928, publicado en 1934), que, integrado por poemas de tono romántico que su autor calificaba de “énfasis”, incluye el “Canto a España”, primer premio del Concurso Hispanoamericano de Poesía convocado por la Real Academia Española, 1923; Barco de piedra (1928-1932, publicado en 1937); Baedeker 2000 (1929-1932, publicado en 1938), libro que lo vincula con la estética futurista; Malvina recobrada (1931), de poemas en prosa; La Juambimbada (1941-1944, publicado en México después de su muerte); Reloj de piedra (1943-1945); Giraluna (1955, también publicado póstumamente). En su obra poética se descubre un registro muy amplio, que abarca lo personal, como en “El alma inquieta”; lo geográfico y lo telúrico, en “El río de las siete estrellas”; la herencia de la tradición, en “El limonero del Señor”; los juegos del humor, en “El conejo blanco” o en “El gato verde”; la influencia del romancero, como en “La loca luz Caraballo”; el amor filial, en el poema “A un año de tu luz”, escrito en 1950, un año después de la muerte de su madre; su sensibilidad frente a la población de origen africano, en “Píntame angelitos negros”; y hasta su propio testamento poético, en “Canto a los hijos”.
Como cuentista, destaca el libro La aeroplana clueca (1921-1928, publicado en 1935). En uno de sus cuentos más valorados, “La gloria de Mamporal”, criticó las famas pueblerinas. Como dramaturgo, escribió El Cristo de las violetas (1925); El pie de la Virgen (1937); Abigaíl (1937), de resonancias bíblicas; Los muertos las prefieren negras (1950); y El árbol de la noche alegre (1950). Como periodista fue uno de los más afamados columnistas de la prensa venezolana. Como biógrafo, se ocupó del presidente de la República, José María Vargas, en Vargas, albacea de la angustia (1947). Como ensayista político, se destacó especialmente en su Navegación de altura (1941) y Reloj de arena (título de la columna publicada en el periódico El Nacional a partir de 1943). Como orador político y literario, cautivó a las multitudes venezolanas de las décadas de 1930 y 1940. Y lo siguió haciendo hasta su muerte en el exilio. De hecho, su última intervención pública, pocas horas antes de morir, fue un discurso en el cual exhortó a lo mejor del espíritu venezolano a seguir viviendo.
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